C A P I T U L O 1
Hace algún tiempo, frente a una bahía desolada, paseaba a diario una muchacha de aspecto frágil pero sereno, a ratos ausente, pero genuinamente puro, infinitamente alegre. Sumida entre las páginas de los libros que leía frente a aquella bahía, sentía la brisa jugar entre su pelo y la arena colarse entre sus dedos. ¿Quién habría imaginado que hace ya muchos años su corazón yacía cerrado? ¿Quién habría sospechado que a su vida, que parecía una perfecta sinfonía, le faltaba aún el instrumento disonante que en un tiempo creyó haber encontrado, sólo para descubrir que se había equivocado?
Muchos barcos pasaron frente a las costas de su bahía; imponentes, hermosos, modernos, algunos llenos de música y otros de baile, todos tentadores, sugerentes, insinuantes…
Pero la muchacha seguía en su playa, inamovible, imperturbable.
Las ansias de seguridad por sobre la aventura le doblaron la mano a cada una de las invitaciones que llegaron hasta la orilla, mientras tanto ella reía, se bañaba, leía.
Pero una noche, cuando la luna parecía poder tocarse sin esfuerzos alzando el índice al cielo, la muchacha notó una tenue luz abatiéndose en el horizonte.
Como tantas otras veces, la muchacha salió al encuentro de este nuevo barco extranjero con una sonrisa sincera, dispuesta como siempre a dar su hospitalidad característica de alegría y acogida, pero que jamás había permitido a ningún barco siquiera un día de estadía.
Así, sentada sobre el pequeño puerto, la muchacha esperó a la barca que cambiaría su vida.
