domingo, 17 de abril de 2016

Lloro al río mientas pasa, porque nunca volverá...





- Volver… Volver en el tiempo, a tantos lugares, tantos recuerdos intensos. Recuerdos que parten el alma y que sin embargo, hace algunos años, eran mi espacio de calma. Ahora, aprietan mi garganta y llenan mis noches de amargos sueños; al despuntar el alba, desaparecen con el frío de la mañana dejando tras de sí una vista cansada.
Me gustaría contemplarlos como lo hacía antes, amando cada segundo que pasé en ellos, agradeciendo cada respiro que al estar allí salió de mi pecho. Pero ahora, mientras escribo estas palabras, lloro tan sólo al evocar cómo me hace sentir el acto de recordar -

El amanecer estaba por despertar al día y a todas las criaturas que en ese bosque se escondían. El viento, calmo, pausado y algo reticente, aún dormía entre los árboles.

Hay algo de hermoso y mágico en los amaneceres; quizás se deba a que podemos contar con una mano las veces que hemos compartido uno con un ser amado. Tal vez, es el juego entre la luz y la oscuridad lo que los ha hecho tan preciados.

Esa magia antiquísima e inmemorial, bajó desde lo alto aquel día y envolvió con sus rayos el cuerpo de la chica, pero eso, ella aún no lo sabía.
Recostada en el medio del prado, intentaba recordar cómo y porqué había llegado hasta allí. Su largo pelo castaño abrazaba las hojas húmedas que soportaban su peso y se mimetizaba con el paisaje general. Una parte de ella sabía exactamente a dónde llevaba el sendero que se extendía al pie del claro y se perdía en el bosque y su inmensidad. La otra, bloqueaba con fiereza todo atisbo de intuición, en un intento desesperado por detener su dolor.
Los recuerdos, pensamientos y emociones atacaban su mente como las olas que azotan las costas en una noche de tempestad. Le impedían moverse y se sentían en su cuerpo como un ahogo, un tormento real.

Hay algo de mágico en los amaneceres… que nos hacen levantar la vista para ver cómo la luz se abre paso en la oscuridad.


- Volver… Volver en tiempo… -

Nuevamente, las palabras atiborradas se agolpaban en el último espacio vacío de su mente, haciéndole querer escapar. ¿Escapar de qué, quién?
¿A qué lugar podía viajar para no estar con ella misma?
¿A dónde ir cuando es tu mente la que pareciera no dejarte vivir?
¿En qué regazo recostar la cabeza cuando no había nadie a quien acudir?
Nadie que entendiera, o que no estuviese directamente involucrado en las causas del problema.

Hay algo de mágico en los amaneceres, que nos recuerda que desde el origen de los tiempos hasta la eternidad, el día vence a la noche en un juego que viene y va.

-       Volver… Volver en el tiempo… -

Justo cuando la fuerza que ejercían sus brazos alrededor de su torso no podía hacer otra cosa que incrementar, el cielo sobre ella comenzó a clarear. El viento, acurrucado en lo alto de las copas comenzó lentamente a moverse y bostezar, meciendo suavemente las hojas que dejaron en el aire su aliento musical.
La sinfonía natural fue a calmar por un breve momento su mente inquieta, permitiendo que su instinto bloqueado y adormecido respondiera al llamado del alba como todos los demás seres del lugar.
De pronto, fue claro hacia dónde tenía que caminar; sendero abajo, hacia un terreno en donde los árboles ya no le impidieran ver los rayos del sol tocarlo todo con su luz sideral.
Sintió urgencia por salir de ese letargo y esa inmovilidad. Sus piernas se incorporaron y sin pensar, se pusieron a andar. Caminaron lentamente por el sendero, hasta que ya no resistieron la ansiedad y echaron a correr. Corrieron sintiendo el calor en los muslos por el esfuerzo de sus ligamentos y la chica comenzó a sentir cómo el sudor caía por su piel, sólo para enfriarse con la brisa unos cuantos segundos después. Tenía que dejar atrás el bosque, tenía que llegar, antes  de que el sol hiciera su entrada triunfal.
Siguió corriendo, sintiendo su pecho hacer frente al frío mañanero. Siguió corriendo y por un momento ya no hubo en su mente nada más que las sensaciones que le transmitía su cuerpo.
Y entonces lo vio, el destino al que sus apresurados pies la habían llevado: el río que hace tantos años se había atrevido a cruzar.
En ese tiempo, las cosas eran dimensionalmente distintas a su estado actual. La familia que tanto le dolía recordar aún existía y su padre aún era esa persona a la que admirar.

-       Lloro al río mientras pasa, porque nunca volverá –

Tan pronto esa frase cruzó su mente se echó a llorar, con un viento casi detenido y un amanecer que no podía interrumpir su avance para observar.
Mientras el río corría, la tristeza azotaba su cuerpo sin piedad y cuando ya no tuvo más fuerzas para seguir en pie, no le quedó más remedio que arrollidarse en una orilla, sobre las piedras perfiladas por tantos años de erosión. Sólo entonces pudo reparar en lo redondas y lisas que eran las rocas que ejercían presión sobre sus rodillas. Tomó una particularmente circular desde el fondo del torrente y sintió cómo el agua casi congelada le erizaba la piel. ¿O era el recuerdo de una conversación con su padre lo que verdaderamente la estremecía?

-       El río pasa y pule estas piedras tal como la vida pasa y trae consigo momentos que nos cambian en profundidad… Y entonces, nunca somos los mismos, así como el río que ves a tus pies nunca podrá ser igual. Amar la vida y su paso. Amar los cambios y la forma en que éstos nos mueven con la corriente, haciéndonos rodar y chocar a veces dolorosamente, hasta que al fin… nos pulimos un poco más. –

Como si esas palabras fuesen parte de algún hechizo ancestral, la chica sintió en todo su cuerpo la calma de la libertad, pero más que todo, sintió a su mente, después de tanto tiempo, fluir con tranquilidad.

- Sonrío al río mientras pasa, porque nunca seré igual -

Hay algo de mágico en el amanecer, que nos recuerda que tanto luz como oscuridad, son necesarias para dotarlo de su poder.


Hay algo de mágico en el amanecer, que trae consigo los recuerdos que sanan el alma y devuelven el equilibrio a nuestro ser.