- Volver… Volver en el tiempo, a tantos
lugares, tantos recuerdos intensos. Recuerdos que parten el alma y que sin
embargo, hace algunos años, eran mi espacio de calma. Ahora, aprietan mi
garganta y llenan mis noches de amargos sueños; al despuntar el alba,
desaparecen con el frío de la mañana dejando tras de sí una vista cansada.
Me gustaría contemplarlos como lo hacía
antes, amando cada segundo que pasé en ellos, agradeciendo cada respiro que al
estar allí salió de mi pecho. Pero ahora, mientras escribo estas palabras,
lloro tan sólo al evocar cómo me hace sentir el acto de recordar -
El amanecer estaba por despertar al día y a
todas las criaturas que en ese bosque se escondían. El viento, calmo, pausado y
algo reticente, aún dormía entre los árboles.
Hay
algo de hermoso y mágico en los amaneceres; quizás se deba a que podemos contar
con una mano las veces que hemos compartido uno con un ser amado. Tal vez, es
el juego entre la luz y la oscuridad lo que los ha hecho tan preciados.
Esa magia antiquísima e inmemorial, bajó
desde lo alto aquel día y envolvió con sus rayos el cuerpo de la chica, pero
eso, ella aún no lo sabía.
Recostada en el medio del prado, intentaba
recordar cómo y porqué había llegado hasta allí. Su largo pelo castaño abrazaba
las hojas húmedas que soportaban su peso y se mimetizaba con el paisaje
general. Una parte de ella sabía exactamente a dónde llevaba el sendero que se
extendía al pie del claro y se perdía en el bosque y su inmensidad. La otra,
bloqueaba con fiereza todo atisbo de intuición, en un intento desesperado por
detener su dolor.
Los recuerdos, pensamientos y emociones
atacaban su mente como las olas que azotan las costas en una noche de
tempestad. Le impedían moverse y se sentían en su cuerpo como un ahogo, un
tormento real.
Hay
algo de mágico en los amaneceres… que nos hacen levantar la vista para ver cómo
la luz se abre paso en la oscuridad.
- Volver… Volver en tiempo… -
Nuevamente, las palabras atiborradas se
agolpaban en el último espacio vacío de su mente, haciéndole querer escapar.
¿Escapar de qué, quién?
¿A qué lugar podía viajar para no estar con
ella misma?
¿A dónde ir cuando es tu mente la que pareciera
no dejarte vivir?
¿En qué regazo recostar la cabeza cuando no
había nadie a quien acudir?
Nadie que entendiera, o que no estuviese
directamente involucrado en las causas del problema.
Hay
algo de mágico en los amaneceres, que nos recuerda que desde el origen de los tiempos hasta la eternidad, el día vence a la noche en un juego que viene y
va.
- Volver… Volver en el tiempo… -
Justo cuando la fuerza que ejercían sus
brazos alrededor de su torso no podía hacer otra cosa que incrementar, el cielo
sobre ella comenzó a clarear. El viento, acurrucado en lo alto de las copas
comenzó lentamente a moverse y bostezar, meciendo suavemente las hojas que
dejaron en el aire su aliento musical.
La sinfonía natural fue a calmar por un breve
momento su mente inquieta, permitiendo que su instinto bloqueado y adormecido
respondiera al llamado del alba como todos los demás seres del lugar.
De pronto, fue claro hacia dónde tenía que
caminar; sendero abajo, hacia un terreno en donde los árboles ya no le
impidieran ver los rayos del sol tocarlo todo con su luz sideral.
Sintió urgencia por salir de ese letargo y
esa inmovilidad. Sus piernas se incorporaron y sin pensar, se pusieron a andar.
Caminaron lentamente por el sendero, hasta que ya no resistieron la ansiedad y
echaron a correr. Corrieron sintiendo el calor en los muslos por el esfuerzo de
sus ligamentos y la chica comenzó a sentir cómo el sudor caía por su piel, sólo
para enfriarse con la brisa unos cuantos segundos después. Tenía que dejar
atrás el bosque, tenía que llegar, antes de que el sol hiciera su entrada triunfal.
Siguió corriendo, sintiendo su pecho hacer
frente al frío mañanero. Siguió corriendo y por un momento ya no hubo en su
mente nada más que las sensaciones que le transmitía su cuerpo.
Y entonces lo vio, el destino al que sus
apresurados pies la habían llevado: el río que hace tantos años se había
atrevido a cruzar.
En ese tiempo, las cosas eran
dimensionalmente distintas a su estado actual. La familia que tanto le dolía
recordar aún existía y su padre aún era esa persona a la que admirar.
- Lloro al río mientras pasa, porque nunca
volverá –
Tan pronto esa frase cruzó su mente se echó a
llorar, con un viento casi detenido y un amanecer que no podía interrumpir su
avance para observar.
Mientras el río corría, la tristeza azotaba
su cuerpo sin piedad y cuando ya no tuvo más fuerzas para seguir en pie, no le
quedó más remedio que arrollidarse en una orilla, sobre las piedras perfiladas
por tantos años de erosión. Sólo entonces pudo reparar en lo redondas y lisas
que eran las rocas que ejercían presión sobre sus rodillas. Tomó una
particularmente circular desde el fondo del torrente y sintió cómo el agua casi
congelada le erizaba la piel. ¿O era el recuerdo de una conversación con su
padre lo que verdaderamente la estremecía?
- El río pasa y pule estas piedras tal como la
vida pasa y trae consigo momentos que nos cambian en profundidad… Y entonces,
nunca somos los mismos, así como el río que ves a tus pies nunca podrá ser
igual. Amar la vida y su paso. Amar los cambios y la forma en que éstos nos
mueven con la corriente, haciéndonos rodar y chocar a veces dolorosamente,
hasta que al fin… nos pulimos un poco más. –
Como si esas palabras fuesen parte de algún
hechizo ancestral, la chica sintió en todo su cuerpo la calma de la libertad,
pero más que todo, sintió a su mente, después de tanto tiempo, fluir con
tranquilidad.
- Sonrío al río mientras pasa, porque nunca
seré igual -
Hay
algo de mágico en el amanecer, que nos recuerda que tanto luz como oscuridad,
son necesarias para dotarlo de su poder.
Hay
algo de mágico en el amanecer, que trae consigo los recuerdos que sanan el alma
y devuelven el equilibrio a nuestro ser.




