domingo, 17 de abril de 2016

Lloro al río mientas pasa, porque nunca volverá...





- Volver… Volver en el tiempo, a tantos lugares, tantos recuerdos intensos. Recuerdos que parten el alma y que sin embargo, hace algunos años, eran mi espacio de calma. Ahora, aprietan mi garganta y llenan mis noches de amargos sueños; al despuntar el alba, desaparecen con el frío de la mañana dejando tras de sí una vista cansada.
Me gustaría contemplarlos como lo hacía antes, amando cada segundo que pasé en ellos, agradeciendo cada respiro que al estar allí salió de mi pecho. Pero ahora, mientras escribo estas palabras, lloro tan sólo al evocar cómo me hace sentir el acto de recordar -

El amanecer estaba por despertar al día y a todas las criaturas que en ese bosque se escondían. El viento, calmo, pausado y algo reticente, aún dormía entre los árboles.

Hay algo de hermoso y mágico en los amaneceres; quizás se deba a que podemos contar con una mano las veces que hemos compartido uno con un ser amado. Tal vez, es el juego entre la luz y la oscuridad lo que los ha hecho tan preciados.

Esa magia antiquísima e inmemorial, bajó desde lo alto aquel día y envolvió con sus rayos el cuerpo de la chica, pero eso, ella aún no lo sabía.
Recostada en el medio del prado, intentaba recordar cómo y porqué había llegado hasta allí. Su largo pelo castaño abrazaba las hojas húmedas que soportaban su peso y se mimetizaba con el paisaje general. Una parte de ella sabía exactamente a dónde llevaba el sendero que se extendía al pie del claro y se perdía en el bosque y su inmensidad. La otra, bloqueaba con fiereza todo atisbo de intuición, en un intento desesperado por detener su dolor.
Los recuerdos, pensamientos y emociones atacaban su mente como las olas que azotan las costas en una noche de tempestad. Le impedían moverse y se sentían en su cuerpo como un ahogo, un tormento real.

Hay algo de mágico en los amaneceres… que nos hacen levantar la vista para ver cómo la luz se abre paso en la oscuridad.


- Volver… Volver en tiempo… -

Nuevamente, las palabras atiborradas se agolpaban en el último espacio vacío de su mente, haciéndole querer escapar. ¿Escapar de qué, quién?
¿A qué lugar podía viajar para no estar con ella misma?
¿A dónde ir cuando es tu mente la que pareciera no dejarte vivir?
¿En qué regazo recostar la cabeza cuando no había nadie a quien acudir?
Nadie que entendiera, o que no estuviese directamente involucrado en las causas del problema.

Hay algo de mágico en los amaneceres, que nos recuerda que desde el origen de los tiempos hasta la eternidad, el día vence a la noche en un juego que viene y va.

-       Volver… Volver en el tiempo… -

Justo cuando la fuerza que ejercían sus brazos alrededor de su torso no podía hacer otra cosa que incrementar, el cielo sobre ella comenzó a clarear. El viento, acurrucado en lo alto de las copas comenzó lentamente a moverse y bostezar, meciendo suavemente las hojas que dejaron en el aire su aliento musical.
La sinfonía natural fue a calmar por un breve momento su mente inquieta, permitiendo que su instinto bloqueado y adormecido respondiera al llamado del alba como todos los demás seres del lugar.
De pronto, fue claro hacia dónde tenía que caminar; sendero abajo, hacia un terreno en donde los árboles ya no le impidieran ver los rayos del sol tocarlo todo con su luz sideral.
Sintió urgencia por salir de ese letargo y esa inmovilidad. Sus piernas se incorporaron y sin pensar, se pusieron a andar. Caminaron lentamente por el sendero, hasta que ya no resistieron la ansiedad y echaron a correr. Corrieron sintiendo el calor en los muslos por el esfuerzo de sus ligamentos y la chica comenzó a sentir cómo el sudor caía por su piel, sólo para enfriarse con la brisa unos cuantos segundos después. Tenía que dejar atrás el bosque, tenía que llegar, antes  de que el sol hiciera su entrada triunfal.
Siguió corriendo, sintiendo su pecho hacer frente al frío mañanero. Siguió corriendo y por un momento ya no hubo en su mente nada más que las sensaciones que le transmitía su cuerpo.
Y entonces lo vio, el destino al que sus apresurados pies la habían llevado: el río que hace tantos años se había atrevido a cruzar.
En ese tiempo, las cosas eran dimensionalmente distintas a su estado actual. La familia que tanto le dolía recordar aún existía y su padre aún era esa persona a la que admirar.

-       Lloro al río mientras pasa, porque nunca volverá –

Tan pronto esa frase cruzó su mente se echó a llorar, con un viento casi detenido y un amanecer que no podía interrumpir su avance para observar.
Mientras el río corría, la tristeza azotaba su cuerpo sin piedad y cuando ya no tuvo más fuerzas para seguir en pie, no le quedó más remedio que arrollidarse en una orilla, sobre las piedras perfiladas por tantos años de erosión. Sólo entonces pudo reparar en lo redondas y lisas que eran las rocas que ejercían presión sobre sus rodillas. Tomó una particularmente circular desde el fondo del torrente y sintió cómo el agua casi congelada le erizaba la piel. ¿O era el recuerdo de una conversación con su padre lo que verdaderamente la estremecía?

-       El río pasa y pule estas piedras tal como la vida pasa y trae consigo momentos que nos cambian en profundidad… Y entonces, nunca somos los mismos, así como el río que ves a tus pies nunca podrá ser igual. Amar la vida y su paso. Amar los cambios y la forma en que éstos nos mueven con la corriente, haciéndonos rodar y chocar a veces dolorosamente, hasta que al fin… nos pulimos un poco más. –

Como si esas palabras fuesen parte de algún hechizo ancestral, la chica sintió en todo su cuerpo la calma de la libertad, pero más que todo, sintió a su mente, después de tanto tiempo, fluir con tranquilidad.

- Sonrío al río mientras pasa, porque nunca seré igual -

Hay algo de mágico en el amanecer, que nos recuerda que tanto luz como oscuridad, son necesarias para dotarlo de su poder.


Hay algo de mágico en el amanecer, que trae consigo los recuerdos que sanan el alma y devuelven el equilibrio a nuestro ser.

martes, 3 de enero de 2012

Paris, Je t'aime






Paris, nunca olvidarte.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Fría Madrugada


El alba se despertó congelada, tan fría, tan helada que ni los pájaros más trovadores cantaban.
Unos pies entumecidos buscaban el calor que sólo una piel emitía, un calor que sólo esos dedos reconocían, mientras paralelamente, un cuerpo inexistente parecía soñar entre las sábanas.

- ¿Qué voy a hacer cuando te vayas?
- ¿Pretendo irme a algún lado?
- Lejos…
- ¿Ah sí? ¿Lejos de ti?
- …
- Lejos contigo querrás decir.

Los rayos del sol intentaban colarse entre las persianas, pero como todo en aquella madrugada, su esfuerzo era demasiado débil, demasiado frágil como para siquiera traspasar el vidrio de la ventana.
Los segundos se agolpaban bajo su almohada, los minutos corrían, se entrelazaban;  veía las horas pasar desde su cama.

Tanto tiempo anheló partir, escapar lejos de allí, tantos días quiso dejar todo atrás, correr y no voltearse a mirar, sin embargo en un vuelco la vida le enseñó que no todo era libertad y que hay veces en que no te das cuenta y ya estás saltando a un precipicio sin pensar.  

-Siempre he dicho que un te amo vale mil veces más que un “yo igual”
-¿Y que sabes tu de amar?
- …
- ¡Era broma!
- Si yo tampoco estaba hablando enserio…
- ¡Para de mentir descaradamente!
- ¿Ahora sólo tú te puedes burlar de los demás?
- ¿Ahora era burla lo del “te amo” y el “yo igual”?

Una madrugada tan parecida lo vio partir, que le era imposible cerrar los ojos sin retratarse en su mirada, sin recordar como su imagen se fugaba mientras las puertas del metro se cerraban.
Tan solo tuvo que ver en sus ojos cansados su rostro plasmado para descubrir ese adiós arduamente escondido, para desenmascarar esa huida torpemente disimulada.
En las fugas no hay despedidas, en las fugas no hay cortesías, en las fugas no queda nada, pues atrás nada dejan aquellos que escapan.

- ¿Aaaaló?
- ¿Andrés, eres tu?
- …
- ¿Aló, hola?
- …

Innumerables  meses habían pasado desde ese último encuentro en medio del calor sofocante de la estación de metro, mas aún así seguía colándose en sus pensamientos; jamás había soñado con él, aparentemente su imaginación ya tenía suficiente con evocarlo estando en pié; jamás lo había vuelto a ver, aparentemente Andrés había tenido suficiente con despertar cada mañana con su rostro frente al de él.

- ¿Aló?
- ¡Andrés!
- No, Sofía.
- ¿Sofía?
- Sofía. ¿Quién es?
- Isabel…
- ¿Isabel quién?
- Isabel.

¿Por qué la dejó sin ninguna explicación? ¿Por qué se fue sin siquiera decir adiós? Tantas preguntas, tantos problemas sin solución, tantas mañanas sin sentir su calor, tantas noches extrañando su sabor.

- ¿Aló?
- Hola… ¿Hablo con Sofía?
- …
- Sofía yo…
- Sabes que si sigues llamando voy a tener que hablar con la compañía.
- Yo no…
- Me gustaría poder decirte que lo volverás a ver Isabel, pero me enseñaron cuando chica que no tenía que decir mentiras.
- Es…
- Lo siento mucho, pero no puedo ayudarte. Por tu bien y el de todos deja de llamar. No vas a encontrar a Andrés acá Isabel, ni acá ni en ningún otro lugar.
- …
- Hasta luego y no vuelvas a llamar. 

El frío era tal esa mañana, que toda la atmósfera le parecía petrificada, ¿Cómo habría de respirar si la humedad yacía seca, solidificada?
Y su piel lo buscaba incesantemente en esa cama vacante, en un lado de la cama que sabía, nunca más debería soportar el peso de su antiguo ocupante.
Y sus manos tiritaban entre sus delgadas piernas, mientras anhelaban entrelazarse en la calidez de otras más fuertes, más grandes, infinitamente más seguras y firmes.
Convocar a gritos a un hombre que jamás respondería no dolía tanto como repetir un nombre que había perdido su sentido en este mundo, su propósito en la vida, su razón de existencia.

- ¡Isabel, te amo más que a la vida misma!
- La vida nunca ha tenido un valor en sí misma… Pero de todas maneras, yo también te amo.
- Pero si no tiene valor para ti la vida amor, entonces no es muy difícil que también me ames.
- Ya… Andrés, era una broma filosófica…
- No entiendo porqué tienes que bromear, si lo que te estoy diciendo es de verdad…
- Yo también te lo estoy diciendo de verdad Andrés. Pero no entiendo cuál es la idea de ponerse tan graves y tomárselo todo tan enserio.
- Porque para mí este amor es  algo serio…
- Ya, pero no hay necesidad de que te pongas serio.
- Perfecto Isabel, pero quizás algún día vamos a querer escuchar y decir te amo más que a la vida misma y no tendremos quien nos escuche, quien nos lo diga. Y por eso prefiero decirte hoy y no mañana, ahora y no después que te amo, te amo Isabel, más que a la vida, aunque para ti la vida no tenga valor en si misma. 
- Yo también te amo pero para decírtelo no tengo necesidad de crear ambientes densos ni pesados.


Esa alborada, como todas las anteriores a ella, Isabel recordaba sus ojos, su mirada. Esa madrugada, como cada amanecer desde que Andrés se marchara, Isabel se desvelada dibujándolo sobre sus sábanas, recordando sus te amo y deseando más que al aire por siempre atesorarlos, no olvidarlos, anhelando retroceder el tiempo y esta vez prestarles atención, escucharlos.
Pero más que todo, quería que le regalaran sólo un minuto en el pasado para responder siquiera un Te Amo, de corazón, sin vergüenzas y sin ocultarle por orgullo que había sido él quien le dio ese valor perdido al correr de sus días, quien compró la vida ante sus ojos sólo para probarle que sí tenía un valor en si misma, para demostrarle lo mucho que la amaba, esperando que ella simple y sencillamente se enamorara.

- ¡Aló!
- ¡Sofía, no cortes, por favor!
- De verdad, esta es mi última advertencia Isabel. Déjanos tranquilos o voy a llamar a la compañía y te van a cancelar las llamadas, incluso con cuenta pagada.
- Necesito algunas respuestas…
- Isabel no te mientas, las respuestas las tuviste hace mucho tiempo, todas ante tus ojos, tu no las quisiste ver, tu tema, tu problema. Deja de molestarnos, porque nada de lo que hagas o digas va a cambiar eso que tanto te atormenta, así que por favor deja de buscarnos y sobre todo deja de llamar. Ya te dije que no vas a encontrar a Andrés acá, no lo vas a encontrar en ningún otro lugar, supera de una vez que no lo vas a ver nunca más.
-…
- Siento ser tan dura pero lo único que has conseguido con tus llamadas es un gran sufrimiento y estoy segura de que esto también te está haciendo sufrir a ti. Yo no sé cuál sea tu problema pero esto pasó hace casi cuatro años y que sigas con el temita, llamando, sabiendo lo que llegas a provocar en los demás ya es demasiado. Esta fue y será la conversación más larga que hemos tenido, porque la próxima vez voy a llamar a la compañía para que te cancelen el teléfono. Quisiera poder ayudarte pero esto no es fácil para nadie. Deja de llamar Isabel y hasta nunca.  


Esa amanecida auguraba ser como todas las otras mañanas, sin novedades, sin movimientos demasiado enérgicos, de la cama a la ventana, de la ventana a la cama. Esa mañana el sol no calentaba, igual que todas las otras madrugadas. Ese día habría sido idéntico a cada uno de los 1460 otros días que se agolparon entre las murallas de su habitación mal iluminada, si Isabel no se hubiera armado de valor para tomar entre sus manos una carta que seguía virgen e inmaculada.

Isabel, amor de mi alma:

¿Cómo obligarte a entender la muerte? ¿Cómo obligarte a perdonar lo que estoy por hacer? ¿Cómo podría amor mío, culparte en este adiós cobarde por mi deseo de abandonarme?
¿Cómo podría Isabel, olvidarme de lo mucho que he llegado a amarte? Si estás leyendo esto, entonces ya no hay vuelta atrás y sé entonces, que aunque leas esto no entenderás porque decidí dejar que no me veas nunca más.
Sé también, que todos los días que llevas sin leer estas palabras, sean muchos o infinitos, te has llenado de culpas que te juro, no son tuyas y me gustaría poder estar ahora contigo y abrazarte, para que no leas sola estas palabras y porque sé que tu también estas deseando abrazarme y te duele saber que entre el cielo y la tierra hay un espacio eternamente grande, que separa mis brazos de tu cuerpo, mis manos de tu largo y tan hermoso pelo.
Me dijiste una vez que la vida no tenía un valor en si misma y hoy ruego que lo hayas dicho de corazón y no por mero juego, por que si la vida no tiene tanto valor, amor, entonces su final tampoco lo tendrá y sólo entonces mi muerte y este adiós no te afectarán. Si estás leyendo esto, entonces no tuve el valor para despedirme de ti cara a cara y te prometo, amor de mi alma que lo siento, no sabes cuánto lo siento. Pero si incluso ahora, escribiéndole a un papel pierdo la voz, no imagino como habría sido mirarte y tratar de explicarte porqué quiero irme, porqué decidí abandonarme, renunciando a ti y a todo lo que alguna vez pudo importarme.
El por qué de esta decisión, no tiene explicación explicable, pero lo más importante es que entiendas Isabel, que no eres tú la razón que me llevó a querer borrar de la tierra todo rastro de mi existencia. Por el contrario, todos estos meses has sido tu quien me alejó de mis antiguas ansias de eliminarme.
Amor mío, un día te dije que te amaba más que a la vida misma y quiero que entiendas que si para mi la vida no fuera de entre todo, lo más valuable, no habría esperado 28 años para suicidarme. Esta, es la primera vez que me atrevo a escribir esa palabra y es que contigo amor, todo en la vida se me hace más fácil.
Perdóname, porque sé que tuviste que vestir el negro que tanto odias para ir a despedirme. Perdóname, porque se que toleraste a mi hermana Sofía sólo para poder por última vez amarme.
Perdóname, porque soy un cobarde.
Amor de mi alma, no llores más culpas que no te pertenecen, amor mío, ruego porque encuentres otro a quien ames y que te ame.
Amor de mi vida, amor de mis días, un día te dije que había que decir hoy y no mañana lo mucho que amamos, lo mucho que a otros necesitamos, por que quizás al otro día no estaremos junto a aquellos que tanto quisimos y deseamos. Por eso te digo hoy, sin importar lo que demoraste en abrir esta carta, sin importar cuántos días hayan pasado desde mi final premeditado, sin que importen las noches que hayas esperado, lo mucho que te amo. Por eso te prometo hoy que te estaré esperando, pero sobre todo que te estaré cuidando.
Como si me sentara tras una ventana polarizada en donde sólo yo puedo verte, mientras el vidrio velado me esconde de tus ojos que siempre fueron tan observadores, tan suspicaces, tan hermosos. Pero ahí estaré Isabel, amándote en la eternidad, mirándote al despertar, abrazándote cuando sientas frío al madrugar. Ahí estaré Amor de mi alma, rezando porque encuentres un amor que envejezca contigo, que te diga te amo y no olvide la importancia de hacerte sentir amada cada uno de tus días, que se tome cada noche dos segundos para pronunciar esas dos palabras, que te susurre hoy y no mañana lo mucho que te anhela, lo mucho que te ama.  

Hasta luego Amor de mi vida,
Esperaré en la eternidad hasta volver a verte,


                                                                                 Andrés Casablanca.  
  

El frío seguía flotando entre sus piernas y rozando sus caderas, pero arriba, entre las persianas, por primera vez Isabel sintió que un par de tenues rayos se colaban por la ventana, mientras las palabras de Andrés resucitaban un corazón que hace exactamente cuatro años no palpitaba. 




“Did I say that I need you?
Did I say that I want you?
If I didn’t I’m a fool you see, no one knows this more than me”

lunes, 3 de octubre de 2011

Nunca digas nunca jamás

  

C A P I T U L O 2

Tan distinta a los barcos que habían asediado la playa, la pequeña barca colorida llegó a su puerto humildemente, sin pretensiones, ni promesas exageradas.
A diferencia de las que antes habían venido, el modesto navío carecía de todas las supuestas modernidades, calderas, turbinas y motores que las otras ostentaban con tanta vanidad, pero a pesar de eso era mucho más hermosa e infinitamente más llamativa de lo que la muchacha habría podido alguna vez imaginar.
Sin presiones, el sencillo bote llegó hasta el puerto y pidió permiso para anclar y asombrada por su seguridad libre de toda pedantería y su respetuoso acercamiento, la muchacha no se pudo negar.
Esa noche, mientras la madrugaba luchaba por llegar, la joven daba vueltas en la cama, agitada, ansiosa y desesperada, como una niña al borde del tobogán más alto y más excitante de todos, que no sabe si dejarse llevar por las ansias de caer entre risas por aquel tobogán o dejarse vencer por el miedo del vértigo y la incertidumbre de no saber qué encontrará en su final.
La muchacha sabía lo que aquel bote quería, tenía claro lo que esperaba en su venida y la desconcertaba sentir que por primera vez se sentía tentada a aceptar su invitación.
¡Pero qué hipócrita sería ceder ante su petición!, pensaba mientras daba vueltas entre las sábanas, qué poco consecuente consigo misma, qué poco respetuosa de sus propias promesas, qué poco cautelosa con sus propios miedos.
¿Hace cuánto tiempo disfrutaba de la infinita tranquilidad y calma entre las olas de su bahía? ¿Cuántos días, meses o años le había costado encontrar ese lugar y recobrar la paz? ¿Cómo olvidar que la última vez que se dejó llevar por esas incontrolables sensaciones, todo terminó en desastre, en una nada infinita, en heridas que le parecieron incurables y miedos que nunca pudo ahuyentar?
La noche pasó, y la que vino tras de ella, y la que vino tras de aquella… y el modesto navío seguía esperando pacientemente en el puerto. La muchacha lo visitaba de día mientras este le contaba infinitas alegrías y cuando la luna venía, la joven regresaba a su cabaña frente al mar, dejando una petición implícita detrás.
Dos semanas y unos días más pasaron antes de la madrugada en la que la joven tomó su maleta, un par de libros, tres lápices y hojas sin prensar y caminó a la bahía... más contenta de lo que nunca estuvo en su vida.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Nunca digas nunca jamás


C A P I T U L O 1 

Hace algún tiempo, frente a una bahía desolada, paseaba a diario una muchacha de aspecto frágil pero sereno, a ratos ausente, pero genuinamente puro, infinitamente alegre. Sumida entre las páginas de los libros que leía frente a aquella bahía, sentía la brisa jugar entre su pelo y la arena colarse entre sus dedos. ¿Quién habría imaginado que hace ya muchos años su corazón yacía cerrado? ¿Quién habría sospechado que a su vida, que parecía una perfecta sinfonía, le faltaba aún el instrumento disonante que en un tiempo creyó haber encontrado, sólo para descubrir que se había equivocado?
Muchos barcos pasaron frente a las costas de su bahía; imponentes, hermosos, modernos, algunos llenos de música y otros de baile, todos tentadores, sugerentes, insinuantes…
Pero la muchacha seguía en su playa, inamovible, imperturbable.
Las ansias de seguridad por sobre la aventura le doblaron la mano a cada una de las invitaciones que llegaron hasta la orilla, mientras tanto ella reía, se bañaba, leía.
Pero una noche, cuando la luna parecía poder tocarse sin esfuerzos alzando el índice al cielo, la muchacha notó una tenue luz abatiéndose en el horizonte.
Como tantas otras veces, la muchacha salió al encuentro de este nuevo barco extranjero con una sonrisa sincera, dispuesta como siempre a dar su hospitalidad característica de alegría y acogida, pero que jamás había permitido a ningún barco siquiera un día de estadía.
Así, sentada sobre el pequeño puerto, la muchacha esperó a la barca que cambiaría su vida.

lunes, 8 de agosto de 2011

Cartas a un amor II

Marzo-2011
El pianista de mirada extraviada

Sebastián, este cuento te pertenece. 

Algún tiempo atrás anduve muchos caminos a la vera de un pianista y en esa eterna compañía, viví incontables alegrías.
Recuerdo lo mucho que me gustaba verlo tocar, en ese piano lleno de recovecos y detalles, un piano que por ser tan original, dudo algún día llegue a olvidar.
Tantos minutos corrieron entre sus piezas, tantos momentos quedaron por siempre aprisionados entre esas teclas negras. De todas ellas, podría reconocer por siempre y donde fuera, el sonido de la más céntrica; siempre disonante, jamás la pudieron arreglar. Por más que trataba, el pianista no podía conseguir de ella su antiguo sonido y sólo hoy me doy cuenta de que quizás esa tecla estaba destinada a ser especial.
Ese piano podría perderse en la inmensidad, rogando por alguien que lo reconociera y lo fuera a salvar y entonces no dudaría en partir a buscarlo, y podría encontrarlo entre miles de instrumentos idénticos tan sólo con el tacto.
Porque en su armadura color caoba hay una herida que nunca pudo escapar a mi vista, bajo sus teclas, al lado derecho cuando te sientas frente a él, un rasguño en la madera deja ver su verdadero color sin barniz; espero nunca lo pinten, espero quede por siempre igual, esos detalles tienen mucha historia, esos detalles harán que algún día lo pueda rescatar.
¿Pero qué es un piano sin un pianista? ¿Qué sentido tendría ese teclado en esta vida sin unas manos capaces de sacarle sinfonías?
Un piano especial, necesita un pianista especial y este instrumento tuvo la suerte de encontrar de entre todos los hombres, al más distinto y original.
Tocaba en soledad sentado frente al piano infinitas canciones que aún resuenan en mi cabeza, muchas eran parte de los juegos de su infancia, otras habían marcado su vida con su melodía y algunas fueron por algún tiempo para mí.
Todas siguen dando vueltas entre mis libros por las noches cuando no puedo dormir, varias de ellas me ayudan todavía cuando la oscuridad sube por mis piernas y tengo que pensar en algo feliz.
Los fantasmas a su alrededor caminan a paso lento, suben las escaleras y se sientan tras él en los sillones, pero el pianista tiene la vista extraviada sobre el piano, demasiado concentrado para notar su presencia. ¿Qué será lo que ven esos ojos cuando se mueven sin parar? ¿Qué será lo que piensa ese pianista cada vez que se sienta a tocar?
Su pierna derecha yace siempre sobre el pedal, mientras mueve continuamente la otra, sin darse cuenta quizás.
Le estaré eternamente agradecida por haberme dejado entrar en su mundo, por haber aceptado mis invitaciones a nunca jamás, por haberse parado de su piano para acompañarme a caminar. ¿Cómo no mirar con amor aún hoy, todos los instantes que viví a su lado? ¿Cómo ignorar que crecí enormemente sentada frente a ese piano y que aprendí lo que era amar escuchándolo tocar?
Pero por distintas razones hoy ya no lo acompaño por las tardes mientras jugamos a ver el tiempo pasar, por estas locas vueltas de la vida nos tuvimos que separar. Y me pregunto muchas veces cómo estará mi original pianista y qué será ya de su vida y sus melodías.
Al escuchar nuestras canciones, en cualquier otro lugar, me pregunto si la vida hará que algún día él me las vuelva a tocar. Me pregunto cómo será saber que otra persona escucha ahora sus canciones y si algún día perdonará la tarde en la que me vio partir. Quizás ignora que para mi fue casi imposible darme la vuelta, dejando atrás lo único importante para mí.
El pianista de mirada extraviada sigue en mis recuerdos y sigue en mis interminables cuentos, cautivo entre mil canciones, escondido entre mis cajones.
Jamás olvidaré a ese pianista, sin importar cuantas lunas pasen sobre mi cabeza, sin importar cuántos inviernos vea llover entre las paredes de mi pieza.
Jamás olvidaré al más especial de todos los hombres, al mejor de todos los pianistas, porque marcó mis días, porque cambió mi vida.

C.V

sábado, 6 de agosto de 2011

Cartas a un amor



Estas cartas siempre me recordarán,
lo valioso que fue haberte amado de verdad:

25-diciembre-2010
Temer la muerte
Jamás quise tener algo que me hiciera temer la muerte Sebastián,
Y recuerdo que un día decidí cerrar mi puerta con cerrojos y pestillos sólo para que nadie pudiera entrar.
Jamás quise tener algo que tuviera miedo de perder,
Y recuerdo haberme jurado desechar todo aquello que pudiera irse o desaparecer.
Me prohibí bajo pena de brutal condena volver a sentir intensamente,
Y me quedé durante mucho tiempo acurrucada en un pastizal seguro, en donde nada podía herirme, en donde nadie podía tocarme y por mucho tiempo creí que en esa cómoda seguridad encontraría la felicidad.
Te juro Sebastián, que nunca me encontré a mi misma pidiendo algo por lo cual fuera capaz de abandonar las cosas que jamás daría, algo que temiera perder más que a la vida misma.
Y no sabes todas las reglas que establecí para retroceder cuando estuviera llegando a ese punto prohibido, en donde ya no importa si vas a cruzar o caer, para no llegar a ese punto en donde no importa nada, da lo mismo ganar o perder.
Pero algo pasó en el camino Sebastián, que tocaste la puerta y yo destrabé los seguros, que entraste en mi pastizal oculto y me di cuenta que sin ti se volvía aburrido y mudo.
Y es que jamás quise tener algo que no pudiera soportar perder pero no me daba cuenta que me estaba negando a querer.
Jamás quise tener algo que me hiciera temer la muerte, pero no me daba cuenta que sólo así apreciamos el día a día, sólo así atesoramos cada momento que nos regala la vida.
Sin miedos no hay certezas, sin pérdidas no hay recompensas, y sin cariño perdemos el camino y ya nada nos hace sentido.
Gracias, porque me hiciste salir de ese pastizal tan aburridamente seguro, para mostrarme lugares secretos y cielos profundos.
Gracias, porque ahora sé que para sonreír de verdad hay que cambiar seguridad por felicidad y que para poder amar hay que atreverse a saltar sin pensar.
Sólo gracias Sebastián, por ser ese algo que temo perder, sólo gracias Sebastián, por ser ese algo que amo querer.
Y aunque hiciste que olvidara todas mis antiguas reglas para crear unas que fueran nuestras, y aunque me hayas hecho temer a la muerte por miedo a no volver a verte, hoy sólo puedo agradecerte porque nunca tuve un regalo que me hiciera tan feliz un 25 de diciembre.

C.V