lunes, 8 de agosto de 2011

Cartas a un amor II

Marzo-2011
El pianista de mirada extraviada

Sebastián, este cuento te pertenece. 

Algún tiempo atrás anduve muchos caminos a la vera de un pianista y en esa eterna compañía, viví incontables alegrías.
Recuerdo lo mucho que me gustaba verlo tocar, en ese piano lleno de recovecos y detalles, un piano que por ser tan original, dudo algún día llegue a olvidar.
Tantos minutos corrieron entre sus piezas, tantos momentos quedaron por siempre aprisionados entre esas teclas negras. De todas ellas, podría reconocer por siempre y donde fuera, el sonido de la más céntrica; siempre disonante, jamás la pudieron arreglar. Por más que trataba, el pianista no podía conseguir de ella su antiguo sonido y sólo hoy me doy cuenta de que quizás esa tecla estaba destinada a ser especial.
Ese piano podría perderse en la inmensidad, rogando por alguien que lo reconociera y lo fuera a salvar y entonces no dudaría en partir a buscarlo, y podría encontrarlo entre miles de instrumentos idénticos tan sólo con el tacto.
Porque en su armadura color caoba hay una herida que nunca pudo escapar a mi vista, bajo sus teclas, al lado derecho cuando te sientas frente a él, un rasguño en la madera deja ver su verdadero color sin barniz; espero nunca lo pinten, espero quede por siempre igual, esos detalles tienen mucha historia, esos detalles harán que algún día lo pueda rescatar.
¿Pero qué es un piano sin un pianista? ¿Qué sentido tendría ese teclado en esta vida sin unas manos capaces de sacarle sinfonías?
Un piano especial, necesita un pianista especial y este instrumento tuvo la suerte de encontrar de entre todos los hombres, al más distinto y original.
Tocaba en soledad sentado frente al piano infinitas canciones que aún resuenan en mi cabeza, muchas eran parte de los juegos de su infancia, otras habían marcado su vida con su melodía y algunas fueron por algún tiempo para mí.
Todas siguen dando vueltas entre mis libros por las noches cuando no puedo dormir, varias de ellas me ayudan todavía cuando la oscuridad sube por mis piernas y tengo que pensar en algo feliz.
Los fantasmas a su alrededor caminan a paso lento, suben las escaleras y se sientan tras él en los sillones, pero el pianista tiene la vista extraviada sobre el piano, demasiado concentrado para notar su presencia. ¿Qué será lo que ven esos ojos cuando se mueven sin parar? ¿Qué será lo que piensa ese pianista cada vez que se sienta a tocar?
Su pierna derecha yace siempre sobre el pedal, mientras mueve continuamente la otra, sin darse cuenta quizás.
Le estaré eternamente agradecida por haberme dejado entrar en su mundo, por haber aceptado mis invitaciones a nunca jamás, por haberse parado de su piano para acompañarme a caminar. ¿Cómo no mirar con amor aún hoy, todos los instantes que viví a su lado? ¿Cómo ignorar que crecí enormemente sentada frente a ese piano y que aprendí lo que era amar escuchándolo tocar?
Pero por distintas razones hoy ya no lo acompaño por las tardes mientras jugamos a ver el tiempo pasar, por estas locas vueltas de la vida nos tuvimos que separar. Y me pregunto muchas veces cómo estará mi original pianista y qué será ya de su vida y sus melodías.
Al escuchar nuestras canciones, en cualquier otro lugar, me pregunto si la vida hará que algún día él me las vuelva a tocar. Me pregunto cómo será saber que otra persona escucha ahora sus canciones y si algún día perdonará la tarde en la que me vio partir. Quizás ignora que para mi fue casi imposible darme la vuelta, dejando atrás lo único importante para mí.
El pianista de mirada extraviada sigue en mis recuerdos y sigue en mis interminables cuentos, cautivo entre mil canciones, escondido entre mis cajones.
Jamás olvidaré a ese pianista, sin importar cuantas lunas pasen sobre mi cabeza, sin importar cuántos inviernos vea llover entre las paredes de mi pieza.
Jamás olvidaré al más especial de todos los hombres, al mejor de todos los pianistas, porque marcó mis días, porque cambió mi vida.

C.V

sábado, 6 de agosto de 2011

Cartas a un amor



Estas cartas siempre me recordarán,
lo valioso que fue haberte amado de verdad:

25-diciembre-2010
Temer la muerte
Jamás quise tener algo que me hiciera temer la muerte Sebastián,
Y recuerdo que un día decidí cerrar mi puerta con cerrojos y pestillos sólo para que nadie pudiera entrar.
Jamás quise tener algo que tuviera miedo de perder,
Y recuerdo haberme jurado desechar todo aquello que pudiera irse o desaparecer.
Me prohibí bajo pena de brutal condena volver a sentir intensamente,
Y me quedé durante mucho tiempo acurrucada en un pastizal seguro, en donde nada podía herirme, en donde nadie podía tocarme y por mucho tiempo creí que en esa cómoda seguridad encontraría la felicidad.
Te juro Sebastián, que nunca me encontré a mi misma pidiendo algo por lo cual fuera capaz de abandonar las cosas que jamás daría, algo que temiera perder más que a la vida misma.
Y no sabes todas las reglas que establecí para retroceder cuando estuviera llegando a ese punto prohibido, en donde ya no importa si vas a cruzar o caer, para no llegar a ese punto en donde no importa nada, da lo mismo ganar o perder.
Pero algo pasó en el camino Sebastián, que tocaste la puerta y yo destrabé los seguros, que entraste en mi pastizal oculto y me di cuenta que sin ti se volvía aburrido y mudo.
Y es que jamás quise tener algo que no pudiera soportar perder pero no me daba cuenta que me estaba negando a querer.
Jamás quise tener algo que me hiciera temer la muerte, pero no me daba cuenta que sólo así apreciamos el día a día, sólo así atesoramos cada momento que nos regala la vida.
Sin miedos no hay certezas, sin pérdidas no hay recompensas, y sin cariño perdemos el camino y ya nada nos hace sentido.
Gracias, porque me hiciste salir de ese pastizal tan aburridamente seguro, para mostrarme lugares secretos y cielos profundos.
Gracias, porque ahora sé que para sonreír de verdad hay que cambiar seguridad por felicidad y que para poder amar hay que atreverse a saltar sin pensar.
Sólo gracias Sebastián, por ser ese algo que temo perder, sólo gracias Sebastián, por ser ese algo que amo querer.
Y aunque hiciste que olvidara todas mis antiguas reglas para crear unas que fueran nuestras, y aunque me hayas hecho temer a la muerte por miedo a no volver a verte, hoy sólo puedo agradecerte porque nunca tuve un regalo que me hiciera tan feliz un 25 de diciembre.

C.V