viernes, 11 de junio de 2010

Melodías Marinas


Cuando un espíritu nos devuelve el alma…
Todo le parecía olvidado esa noche. Como si los Dioses se hubieran marchado a dar un eterno paseo, arrastrando tras su paso el resplandor de la Luna y el fragor de las olas en alta mar.
La joven guerrera se encontraba tirada en la arena, descansando en la orilla de la playa, perdida en un sin fin de execrables y confusos pensamientos.
Tan ensimismada estaba, que ni sus desarrollados sentidos lograron percatarse de que alguien la observaba.
El jugueteo insistente de sus temblorosas manos con la fina arena, se mezclaba con el ir y venir del espumoso oleaje, formando la más bella melodía, que coreada por la danzarina y traviesa brisa, le daban a ese paisaje relegado un toque de hermosura y deleite.
El pelo almendrado de la muchacha se mecía al compás de la música, mientras su piel se daba un refrescante baño con el rocío que las estrellas prodigaban, pero sus ojos negros nada de esto lograban apreciar, su alma no podía gozar con la olvidada pero maravillosa noche que tenía en frente. Cada instante que pasaba, lento he impetuoso, le recordaba esa mirada, temblorosa y suplicante.
Esos ojos que pedían a gritos compasión. Una y otra vez, esos estremecidos labios volvían a su mente, para mortificarla, por haberle quitado la vida a un ser inocente, por arrancar de la misma tierra, una flor que no debía ser cortada.
El ensangrentado sable que yacía tristemente a su lado, reflejaba la imagen del pequeño niño que había tenido que pagar por una guerra que no le pertenecía, guerra de la cual no era culpable, injusta guerra que también le arrebató a sus padres. Esa imagen no se borraría jamás del filo de aquella espada, la acompañaría por siempre, en cada estocada que diera en batalla y cada vez que osara posar la vista sobre su catana.
Las lágrimas surcaban el rostro de la desdichada chica, estas nada podían hacer con la tristeza y remordimiento que se acumulaba en su corazón, pero al menos limpiaban y aliviaban por momentos el ahogo de su espíritu y libraban su garganta de aquel nudo de emociones que le impedía respirar.
Unos pasos invisibles se acercaban hundiéndose en la arena, pequeñas y delicadas piernas corrían hacia la joven. Se encontraban tan cerca, pero ella seguía cabizbaja, llorando silenciosamente, sin alterar la melódica música marina que la rodeaba.
De pronto, los pies detuvieron su rápido andar, justo tras la doncella.
Por breves momentos, pudo sentir como el frío subía por su dorso y la presencia virgen de un alma infante inundaba el lugar, entre cada granito de arena, y cada gota de aire respirable.
El pequeño estaba de vuelta, pero algo en el ambiente le indicaba a la chica, que éste no buscaba venganza.
Un suspiro cálido pareció cruzar silbando sus oídos, como el mejor alivio de todos. Enseguida, ese tormentoso peso desapareció de sus hombros y sus ojos parecieron brillar otra vez, llenos de alegría y gratitud.
Un viento delicado navegó por los siete mares, sólo para llegar al momento y lugar exacto donde dos almas, dos mundos se unían.
Arribó en la costa con todo su poder, mientras los aromas del océano purificaban el corazón de la muchacha, y fundían el pulcro espíritu del pequeño con la corriente.
El vendaval desapareció tras unos instantes, despejando a la bahía de todo lo que la opacaba.
La joven respiró profunda y lentamente mientras alzaba la vista. Disfrutando por primera vez el paisaje que la rodeaba.
Allá en lo alto, una estrella parecía observarla e iluminar su camino. Y la risa traviesa de una criatura, confortar y abrigar su alma desnuda.
Solo entonces se atrevió a cerrar los ojos y dejarse llevar por la brisa, solo entonces pudo dormir, acunada por la voz del pequeño y una canción marina, que no se detendría hasta el final de sus días.


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