Tan distinta a los barcos que habían asediado la playa, la pequeña barca colorida llegó a su puerto humildemente, sin pretensiones, ni promesas exageradas.
A diferencia de las que antes habían venido, el modesto navío carecía de todas las supuestas modernidades, calderas, turbinas y motores que las otras ostentaban con tanta vanidad, pero a pesar de eso era mucho más hermosa e infinitamente más llamativa de lo que la muchacha habría podido alguna vez imaginar.
Sin presiones, el sencillo bote llegó hasta el puerto y pidió permiso para anclar y asombrada por su seguridad libre de toda pedantería y su respetuoso acercamiento, la muchacha no se pudo negar.
Esa noche, mientras la madrugaba luchaba por llegar, la joven daba vueltas en la cama, agitada, ansiosa y desesperada, como una niña al borde del tobogán más alto y más excitante de todos, que no sabe si dejarse llevar por las ansias de caer entre risas por aquel tobogán o dejarse vencer por el miedo del vértigo y la incertidumbre de no saber qué encontrará en su final.
La muchacha sabía lo que aquel bote quería, tenía claro lo que esperaba en su venida y la desconcertaba sentir que por primera vez se sentía tentada a aceptar su invitación.
¡Pero qué hipócrita sería ceder ante su petición!, pensaba mientras daba vueltas entre las sábanas, qué poco consecuente consigo misma, qué poco respetuosa de sus propias promesas, qué poco cautelosa con sus propios miedos.
¿Hace cuánto tiempo disfrutaba de la infinita tranquilidad y calma entre las olas de su bahía? ¿Cuántos días, meses o años le había costado encontrar ese lugar y recobrar la paz? ¿Cómo olvidar que la última vez que se dejó llevar por esas incontrolables sensaciones, todo terminó en desastre, en una nada infinita, en heridas que le parecieron incurables y miedos que nunca pudo ahuyentar?
La noche pasó, y la que vino tras de ella, y la que vino tras de aquella… y el modesto navío seguía esperando pacientemente en el puerto. La muchacha lo visitaba de día mientras este le contaba infinitas alegrías y cuando la luna venía, la joven regresaba a su cabaña frente al mar, dejando una petición implícita detrás.
Dos semanas y unos días más pasaron antes de la madrugada en la que la joven tomó su maleta, un par de libros, tres lápices y hojas sin prensar y caminó a la bahía... más contenta de lo que nunca estuvo en su vida.

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