El alba se despertó congelada, tan
fría, tan helada que ni los pájaros más trovadores cantaban.
Unos pies entumecidos buscaban el
calor que sólo una piel emitía, un calor que sólo esos dedos reconocían,
mientras paralelamente, un cuerpo inexistente parecía soñar entre las sábanas.
- ¿Qué voy a
hacer cuando te vayas?
- ¿Pretendo
irme a algún lado?
- Lejos…
- ¿Ah sí?
¿Lejos de ti?
- …
- Lejos
contigo querrás decir.
Los rayos del sol intentaban colarse
entre las persianas, pero como todo en aquella madrugada, su esfuerzo era demasiado
débil, demasiado frágil como para siquiera traspasar el vidrio de la ventana.
Los segundos se agolpaban bajo su
almohada, los minutos corrían, se entrelazaban;
veía las horas pasar desde su cama.
Tanto tiempo anheló partir, escapar
lejos de allí, tantos días quiso dejar todo atrás, correr y no voltearse a mirar,
sin embargo en un vuelco la vida le enseñó que no todo era libertad y que hay
veces en que no te das cuenta y ya estás saltando a un precipicio sin pensar.
-Siempre
he dicho que un te amo vale mil veces más que un “yo igual”
-¿Y
que sabes tu de amar?
- …
- ¡Era
broma!
- Si
yo tampoco estaba hablando enserio…
- ¡Para
de mentir descaradamente!
- ¿Ahora
sólo tú te puedes burlar de los demás?
- ¿Ahora
era burla lo del “te amo” y el “yo igual”?
Una madrugada tan parecida lo vio
partir, que le era imposible cerrar los ojos sin retratarse en su mirada, sin
recordar como su imagen se fugaba mientras las puertas del metro se cerraban.
Tan solo tuvo que ver en
sus ojos cansados su rostro plasmado para descubrir ese adiós arduamente
escondido, para desenmascarar esa huida torpemente disimulada.
En las fugas no hay
despedidas, en las fugas no hay cortesías, en las fugas no queda nada, pues
atrás nada dejan aquellos que escapan.
- ¿Aaaaló?
- ¿Andrés,
eres tu?
- …
- ¿Aló, hola?
- …
Innumerables meses habían pasado desde ese último
encuentro en medio del calor sofocante de la estación de metro, mas aún así
seguía colándose en sus pensamientos; jamás había soñado con él, aparentemente
su imaginación ya tenía suficiente con evocarlo estando en pié; jamás lo había
vuelto a ver, aparentemente Andrés había tenido suficiente con despertar cada
mañana con su rostro frente al de él.
- ¿Aló?
- ¡Andrés!
- No,
Sofía.
- ¿Sofía?
- Sofía.
¿Quién es?
- Isabel…
- ¿Isabel
quién?
- Isabel.
¿Por qué la dejó sin ninguna
explicación? ¿Por qué se fue sin siquiera decir adiós? Tantas preguntas, tantos
problemas sin solución, tantas mañanas sin sentir su calor, tantas noches
extrañando su sabor.
- ¿Aló?
- Hola…
¿Hablo con Sofía?
- …
- Sofía
yo…
- Sabes
que si sigues llamando voy a tener que hablar con la compañía.
- Yo
no…
- Me
gustaría poder decirte que lo volverás a ver Isabel, pero me enseñaron cuando
chica que no tenía que decir mentiras.
- Es…
- Lo
siento mucho, pero no puedo ayudarte. Por tu bien y el de todos deja de llamar.
No vas a encontrar a Andrés acá Isabel, ni acá ni en ningún otro lugar.
- …
- Hasta
luego y no vuelvas a llamar.
El frío era tal esa mañana, que toda
la atmósfera le parecía petrificada, ¿Cómo habría de respirar si la humedad
yacía seca, solidificada?
Y su piel lo buscaba incesantemente en
esa cama vacante, en un lado de la cama que sabía, nunca más debería soportar
el peso de su antiguo ocupante.
Y sus manos tiritaban entre sus delgadas
piernas, mientras anhelaban entrelazarse en la calidez de otras más fuertes,
más grandes, infinitamente más seguras y firmes.
Convocar a gritos a un hombre que
jamás respondería no dolía tanto como repetir un nombre que había perdido su
sentido en este mundo, su propósito en la vida, su razón de existencia.
- ¡Isabel,
te amo más que a la vida misma!
- La
vida nunca ha tenido un valor en sí misma… Pero de todas maneras, yo también te
amo.
- Pero
si no tiene valor para ti la vida amor, entonces no es muy difícil que también
me ames.
- Ya…
Andrés, era una broma filosófica…
- No
entiendo porqué tienes que bromear, si lo que te estoy diciendo es de verdad…
- Yo
también te lo estoy diciendo de verdad Andrés. Pero no entiendo cuál es la idea
de ponerse tan graves y tomárselo todo tan enserio.
- Porque
para mí este amor es algo serio…
- Ya,
pero no hay necesidad de que te pongas serio.
- Perfecto
Isabel, pero quizás algún día vamos a querer escuchar y decir te amo más que a
la vida misma y no tendremos quien nos escuche, quien nos lo diga. Y por eso
prefiero decirte hoy y no mañana, ahora y no después que te amo, te amo Isabel,
más que a la vida, aunque para ti la vida no tenga valor en si misma.
- Yo
también te amo pero para decírtelo no tengo necesidad de crear ambientes densos
ni pesados.
Esa alborada, como todas las
anteriores a ella, Isabel recordaba sus ojos, su mirada. Esa madrugada, como
cada amanecer desde que Andrés se marchara, Isabel se desvelada dibujándolo
sobre sus sábanas, recordando sus te amo y deseando más que al aire por siempre
atesorarlos, no olvidarlos, anhelando retroceder el tiempo y esta vez prestarles
atención, escucharlos.
Pero más que todo, quería que le
regalaran sólo un minuto en el pasado para responder siquiera un Te Amo, de
corazón, sin vergüenzas y sin ocultarle por orgullo que había sido él quien le
dio ese valor perdido al correr de sus días, quien compró la vida ante sus ojos
sólo para probarle que sí tenía un valor en si misma, para demostrarle lo mucho
que la amaba, esperando que ella simple y sencillamente se enamorara.
- ¡Aló!
- ¡Sofía,
no cortes, por favor!
- De
verdad, esta es mi última advertencia Isabel. Déjanos tranquilos o voy a llamar
a la compañía y te van a cancelar las llamadas, incluso con cuenta pagada.
- Necesito
algunas respuestas…
- Isabel
no te mientas, las respuestas las tuviste hace mucho tiempo, todas ante tus
ojos, tu no las quisiste ver, tu tema, tu problema. Deja de molestarnos, porque
nada de lo que hagas o digas va a cambiar eso que tanto te atormenta, así que
por favor deja de buscarnos y sobre todo deja de llamar. Ya te dije que no vas
a encontrar a Andrés acá, no lo vas a encontrar en ningún otro lugar, supera de
una vez que no lo vas a ver nunca más.
-…
- Siento
ser tan dura pero lo único que has conseguido con tus llamadas es un gran
sufrimiento y estoy segura de que esto también te está haciendo sufrir a ti. Yo
no sé cuál sea tu problema pero esto pasó hace casi cuatro años y que sigas con
el temita, llamando, sabiendo lo que llegas a provocar en los demás ya es demasiado.
Esta fue y será la conversación más larga que hemos tenido, porque la próxima
vez voy a llamar a la compañía para que te cancelen el teléfono. Quisiera poder
ayudarte pero esto no es fácil para nadie. Deja de llamar Isabel y hasta nunca.
Esa amanecida auguraba ser como todas
las otras mañanas, sin novedades, sin movimientos demasiado enérgicos, de la
cama a la ventana, de la ventana a la cama. Esa mañana el sol no calentaba,
igual que todas las otras madrugadas. Ese día habría sido idéntico a cada uno
de los 1460 otros días que se agolparon entre las murallas de su habitación mal
iluminada, si Isabel no se hubiera armado de valor para tomar entre sus manos
una carta que seguía virgen e inmaculada.
Isabel, amor
de mi alma:
¿Cómo
obligarte a entender la muerte? ¿Cómo obligarte a perdonar lo que estoy por
hacer? ¿Cómo podría amor mío, culparte en este adiós cobarde por mi deseo de
abandonarme?
¿Cómo podría
Isabel, olvidarme de lo mucho que he llegado a amarte? Si estás leyendo esto,
entonces ya no hay vuelta atrás y sé entonces, que aunque leas esto no
entenderás porque decidí dejar que no me veas nunca más.
Sé también,
que todos los días que llevas sin leer estas palabras, sean muchos o infinitos,
te has llenado de culpas que te juro, no son tuyas y me gustaría poder estar
ahora contigo y abrazarte, para que no leas sola estas palabras y porque sé que
tu también estas deseando abrazarme y te duele saber que entre el cielo y la
tierra hay un espacio eternamente grande, que separa mis brazos de tu cuerpo,
mis manos de tu largo y tan hermoso pelo.
Me dijiste
una vez que la vida no tenía un valor en si misma y hoy ruego que lo hayas
dicho de corazón y no por mero juego, por que si la vida no tiene tanto valor,
amor, entonces su final tampoco lo tendrá y sólo entonces mi muerte y este
adiós no te afectarán. Si estás leyendo esto, entonces no tuve el valor para
despedirme de ti cara a cara y te prometo, amor de mi alma que lo siento, no
sabes cuánto lo siento. Pero si incluso ahora, escribiéndole a un papel pierdo
la voz, no imagino como habría sido mirarte y tratar de explicarte porqué
quiero irme, porqué decidí abandonarme, renunciando a ti y a todo lo que alguna
vez pudo importarme.
El por qué de
esta decisión, no tiene explicación explicable, pero lo más importante es que entiendas
Isabel, que no eres tú la razón que me llevó a querer borrar de la tierra todo
rastro de mi existencia. Por el contrario, todos estos meses has sido tu quien
me alejó de mis antiguas ansias de eliminarme.
Amor mío, un
día te dije que te amaba más que a la vida misma y quiero que entiendas que si
para mi la vida no fuera de entre todo, lo más valuable, no habría esperado 28
años para suicidarme. Esta, es la primera vez que me atrevo a escribir esa
palabra y es que contigo amor, todo en la vida se me hace más fácil.
Perdóname,
porque sé que tuviste que vestir el negro que tanto odias para ir a despedirme.
Perdóname, porque se que toleraste a mi hermana Sofía sólo para poder por
última vez amarme.
Perdóname,
porque soy un cobarde.
Amor de mi
alma, no llores más culpas que no te pertenecen, amor mío, ruego porque
encuentres otro a quien ames y que te ame.
Amor de mi
vida, amor de mis días, un día te dije que había que decir hoy y no mañana lo
mucho que amamos, lo mucho que a otros necesitamos, por que quizás al otro día
no estaremos junto a aquellos que tanto quisimos y deseamos. Por eso te digo
hoy, sin importar lo que demoraste en abrir esta carta, sin importar cuántos
días hayan pasado desde mi final premeditado, sin que importen las noches que
hayas esperado, lo mucho que te amo. Por eso te prometo hoy que te estaré
esperando, pero sobre todo que te estaré cuidando.
Como si me
sentara tras una ventana polarizada en donde sólo yo puedo verte, mientras el
vidrio velado me esconde de tus ojos que siempre fueron tan observadores, tan
suspicaces, tan hermosos. Pero ahí estaré Isabel, amándote en la eternidad,
mirándote al despertar, abrazándote cuando sientas frío al madrugar. Ahí estaré
Amor de mi alma, rezando porque encuentres un amor que envejezca contigo, que
te diga te amo y no olvide la importancia de hacerte sentir amada cada uno de
tus días, que se tome cada noche dos segundos para pronunciar esas dos
palabras, que te susurre hoy y no mañana lo mucho que te anhela, lo mucho que
te ama.
Hasta luego
Amor de mi vida,
Esperaré en
la eternidad hasta volver a verte,
Andrés Casablanca.
El frío
seguía flotando entre sus piernas y rozando sus caderas, pero arriba, entre las
persianas, por primera vez Isabel sintió que un par de tenues rayos se colaban
por la ventana, mientras las palabras de Andrés resucitaban un corazón que hace
exactamente cuatro años no palpitaba.
“Did I say
that I need you?
Did I say that
I want you?
If I didn’t
I’m a fool you see, no one knows this more than me”
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